jueves, 7 de abril de 2016

¿Y qué hacer con el Ego?

Ante los problemas de la humanidad, ¿qué medidas se pueden tomar? ¿Dónde está o cual es la solución?
Rezar, es bueno y necesario, pero, no para pedir a Dios que solucione el problema creado en el mundo. El problema es de los hombres; lo hemos creado los hombres, lo mantenemos los hombres y somos los hombres los que debemos solucionarlo. Es infructuoso que busquemos la omnipotencia de Dios para que arregle nuestros desmanes. Dios se mantiene al margen en un asunto que es de nuestra absoluta competencia. Pero nos lo está diciendo constantemente en las Escrituras y por medio de su Iglesia: “arrepentíos”, “obrad el bien”, “amad”, “perdonad”...
La bola de maldad se ha hecho gigantesca, tanto que nos asusta y no sabemos cómo ni por dónde meterle mano, ‘ni sabemos si tendrá solución’. Quizás sea tan fácil como el huevo de Colón, pero… ¡ahí está el ‘cacao’! ¡A ver quién da con ello!
Lo realmente asombroso y desconcertante es que la solución está dada, sabemos cual es y lo que debemos hacer, ¡pero no queremos! ¡Es de las pocas cosas que dejamos para los demás!: ¡Que empiecen ellos! Yo… seguiré después, (que tampoco es cierto). Y es aquí donde se esconde el mayor fracaso de la historia, el mayor enredo del hombre, la mayor incapacidad de acción, similar a una parálisis. He de empezar por mí. ¿No lo quiero todo para mí; Yo, Yo, Yo… Mío, para mí”? Pues, esto de corregirme y cambiarme es lo primero que es mío y para mí. Y en esto no hay miedo a pecar de egoísmo.
            Una cosa que hacemos con mucha vehemencia es culpar a los demás: políticos, dirigentes, magnates, industriales, expoliadores, explotadores…, pero  esto no   soluciona nada, entre otras cosas, porque ellos a su vez culpan a los acusadores. Y no estamos para buscar culpables ni para despejar responsabilidades, sino para que surjan auténticos autocríticos que vean el verdadero problema, y el ejemplo se extienda a la sociedad entera.
            Culpables, salvo raras excepciones, somos todos; se salvan muy pocos,  demasiados pocos, (de momento los bebés). Pues, si culpables somos todos, cada cual debe, por sí mismo/a, enterrar al “yo”, ya que éste es el verdadero responsable de todo.
 El problema lo causan muchos… pero yo también. Luego la cuestión se simplifica enormemente: soy yo el que debo dejar de verter mi propio mal en la sociedad. Pero aquí vuelvo a enrocarme: ¿y qué gano yo cambiando, si los demás no lo hacen? No se trata de ganar o perder, sino que en este asunto solo yo tengo potestad y autoridad para actuar dentro de mí mismo, ni una pizca en los demás, ni, por supuesto, los demás en mí. Y no puedo esperar a que los otros empiecen, porque lo mío podría quedarse sin hacer.
Está muy claro que mi cometido debe ser ese, no que otros vengan a hacerme mi trabajo. Nadie vive por mí, ni respira por mí, ni ama por mí, ni siente por mí... así pues, soy el único responsable de mis actos, y el único que puede corregirlos. Los demás no pueden entrar en mí y maniobrar para cambiarme.
Pero yo, (mi yo, mi ego) insiste muy resuelto y decidido, ‘lleno de las mejores intenciones y en posesión de las mayores y mejores razones’ —me asisten el juicio, la razón y la verdad— me dispongo con mucha diligencia y voluntad, pero contraviniendo gravemente las recomendaciones del Maestro, a hacer lo que nadie me ha pedido: tratar de arreglar el mundo, interviniendo en la forma de ser de los demás. El Maestro dice: “¿Cómo es que ves la paja en el ojo de tu hermano y no adviertes la viga que hay en el tuyo? (Mt 7, 3)   Pero…, “lo que yo sí veo claramente, es que mi prójimo se fija en la paja de mi ojo y no ve la viga del suyo”. ¿Ves? De cualquier modo ‘la viga está siempre en el ojo del otro’.  
           
            El mal del mundo es como una gigantesca hoguera, donde todos vamos echando material combustible, que son nuestros  errores y defectos, pero queremos apagarlo diciendo a los demás que dejen de echar ‘leña’ al fuego, como si la materia combustible que yo echo no ardiese igual que la de los otros, o fuese una cantidad mínima ‘insignificante’. Somos así…
          
         Creo que conocer la causa de nuestra ‘ceguera’ necesita un estudio más profundo.
El hombre puede someter al hombre, esclavizarle, obligarle a que se arrastre como un reptil…, pero NUNCA JAMAS conseguirá dominar su voluntad. Solo cada cual puede operar en su propia voluntad.
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                     


¿Dónde está el atasco, el agarrotamiento, el inmovilismo hacia el bien?

En el ego. A éste es al que hay que estudiar. Yo hago el mal, como cualquiera, pero me quejo del mal que hay en el mundo; ¿hay alguna postura más surrealista?
Eso se debe a que el mal no lo veo en mí, sino en los demás; y, si acaso, entenderé que si yo hago mal es porque los demás me lo han inculcado, me lo han enseñado, me inducen a ello. ¡Anda! ¿y los demás de dónde lo han aprendido? Ese es el verdadero problema, que veo el mal ajeno y no veo el propio, y si llego a ver en mí parte de ese mal, digo:‘es culpa de los demás’. Pero, además, con una agravante: el mal ajeno lo veo aumentado, y solo y exclusivamente bajo mi criterio; criterio deformado y objetivado  por el egoísmo que me domina.
Aquí se da un entendimiento muy interesante: el mal está en boca y acción de todos, pero ninguno se hace responsable de ser practicante y propagador. Es decir, el mal que yo tengo dentro de mi, es responsabilidad de… ¿quién: mi vecino, mi amigo tal, mi compañero, el del bar de la esquina…? “Yo soy bueno, pero el mundo me hace malo”.
Evidentemente, ‘si yo no hubiese nacido no sería ni bueno ni malo’.
Solo hay un maestro de la verdad; ¿no será más fácil escuchar a uno verdadero que a infinidad de falsos maestros? “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6) Si somos cristianos ¿a qué esperamos? ¿Esperamos a otro que nos diga una verdad mayor? No; lo que nos dicen son mentiras que nos hacen dudar de la Verdad.


De todas maneras queda sin resolver la cuestión: ¿Por qué veo las faltas y defectos de los demás, y no reparo en los míos?
Hacer entrar en razón al Ego es sumamente difícil. Primero: Se ha creado a sí mismo, según sus propias razones o manera de interpretar la lógica de los acontecimientos. Segundo: Es un ser del mundo físico, alimentado por la percepción de los sentidos físicos o percepción sensual. Tercero: no puede comprender a Dios, precisamente porque es un ser terrenal que solo puede entender los mensajes de los sentidos. Cuarto: sigue las leyes que crea él mismo, ni siquiera sigue las leyes de la naturaleza, como hacen los animales. Quinto: se arroga todos los derechos y razones que no concede a los demás. Y aun podemos enumerar más artículos.

¿Entonces, quién le hace al Sr. “Yo” entrar en razones?
Solo hay una cosa capaz de hacerle reflexionar. Y le entra por un sentido conocido, no por ningún lugar especial. Esto es la palabra de Dios. Es por esto que en el Evangelio reza: “una palabra tuya, Señor, servirá para sanarme”. (Mt 8, 8) Aunque la dijera un centurión romano, nos vale a todos.
Palabras  escucharemos millones y millones de millones, pero ninguna nos modificará, ni  ‘tocará’ al ego en lo más mínimo, si no estamos receptivos en ese momento, que no siempre lo estamos. Necesitamos la fe; ésta debemos pedirla porque es Dios quien la concede. Entonces el oído es el sentido que escucha, y la fe, en nuestro corazón, quien entiende y asimila.
¿Entonces quién es el Ego? Pues, es nuestro “yo”, es una personalidad mundana creada por nuestra mente ‘pensante’ y ‘obrante’. Mundano quiere decir perteneciente al mundo sensorial. El Reino de Dios pertenece al mundo del Espíritu. Esto a nuestro Ego… “ni fu ni fa”. Pero cuando la mente se entera de que eso del Espíritu no es una quimera sino una realidad, empieza a quitarle protagonismo al Ego, hasta llegar incluso a hacerle desaparecer. En lugar del “yo” mundano, queda el auténtico ser creado a imagen y semejanza de Dios. Es, sobre todo, un gran salto en la evolución humana; es como dejar el estado animal para convertirse en humano o ciudadano del Reino; es pasar a ser hijo de Dios. “El reino de Dios está dentro de vosotros” (Lc 17,21) El reino de la verdad, del bien, de la justicia, del orden, de la paz… En oposición tenemos el reino de nuestro Ego. ¡Y qué oposición! No la hay mejor en todo el mundo. Por eso es tan difícil salir de ese mundo.

La palabra de Dios nos sanará, nos salvará. Pero lo que hacemos demasiadas veces es que la tergiversamos, la trastocamos, la confundimos, la desvirtuamos, la recitamos como lo haría una máquina parlante o robot.
Veamos; si cogemos una semilla, la que sea, y recitamos todas las maravillas que en ella se encierran, la semilla seguirá inactiva, inalterable, como muerta. Pero si la introducimos en la tierra y la regamos, germinará y se harán realidad todas esas maravillas que conocemos de ella, ¡sin necesidad de recitárselas! Aparecerán de forma milagrosa: Una plantita, que se irá desarrollando poco a poco hasta la madurez, echará flores, de infinitos colores según la infinidad y variedad de plantas; será una mata de hierba, un arbusto, un árbol… Después de la floración, y a veces sin ella, dará frutos, cada cual según su especie, que servirán para alimentar a los seres vivos. Frutos, riquísimos algunos, que regalarán nuestro paladar y el de otros animales, aparte de servirnos de alimento. Todo un mundo, fascinante y maravilloso, que se nos da gratuitamente y sin condicionantes de ningún tipo: Es uno más de los infinitos regalos de la Madre Naturaleza.

La palabra de Dios es similar a la semilla: No se activa por repetirla, sino por plantarla en nuestro corazón y meditarla, reflexionar sobre ella. Así hacía la Virgen María, madre de Cristo y madre nuestra: “Lo guardaba todo en su corazón y lo meditaba”.