martes, 5 de abril de 2016

El amor

El amor 

            Definir el amor es un tanto complicado y delicado, pero, ¡voy a intentarlo!
            Si alguien pregunta qué es, cómo es, para qué sirve o el porqué del amor, es como si preguntara para qué sirve, qué hace o qué valor tiene la luz.  El ser humano, por ejemplo, sin luz no existiría, ni existirían los animales que conocemos, ni los vegetales; prácticamente no existiría nada con vida. Pues, el amor tiene una gran similitud con la luz, sobre todo en los aspectos de ser creador de vida y mantenedor de la misma. Lo primero que hizo Dios fue la luz, y después la vida y por último hizo al hombre.
El amor es un atributo o potestad de Dios. No es un sentimiento simplemente, sino fuente de sentimientos, emociones y vocaciones. El amor no está en las capacidades del hombre como una potencia más de la mente y sus conocimientos. Este atributo que Dios nos da, es para que gocemos con él y por medio de él podamos ser felices. Está alojado en el corazón, no en el cerebro.
El cerebro no es capaz de amar. El cerebro es capaz de realizar maravillas tecnológicas, avances tecnológicos y descubrimientos científicos e inventos de todo tipo, pero no es capaz de amar. Eso no es lo suyo. Lo suyo son las ciencias, las matemáticas, los inventos, el cálculo, la previsión, la estrategia, la astucia, pero no el amor. Pero si atiende a las razones del corazón, puede entender el amor. El amor es otra cosa distinta al cálculo mental. El amor no atiende a razones científicas; escapa a la racionalidad. Y este es el gran problema del hombre: se ha avanzado mucho en las ciencias, tecnologías e inventos, y en el amor, de un modo general y persistente, nos hemos quedado estancados en los tiempos de Adán; aunque hay excepciones, naturalmente.
Dios nos ha dado la mente inteligente, claro está, pero también nos ha dotado del atributo amor o capacidad  de amar. Yo creo que es de pura lógica, y de esto sí entendemos, que aprendamos a compaginar ambas cosas; esto nos reportaría gran ganancia. Porque en el cerebro también hay una parte que atiende a las razones que no son intrínsecamente físicas. Esto es la inteligencia emocional, que puede ser entendida y comprendida igual que la inteligencia científica. Lo que ocurre es que estamos volcados enteramente hacia lo material, hacia lo contante y sonante; lo espiritual... como que no interesa mucho.
Si el hombre pusiera amor en una parte importante de lo que hace, no tendríamos un mundo tan putrefacto y abominable como el que tenemos.
No nos equivoquemos más, no cometamos más errores por falta de entendimiento; al mundo sólo lo arregla el amor. Pero, ¡cuidado!, empezando por uno mismo, no esperando, como hacemos con otras cosas, que sean los demás los que den el primer paso.
Pero no; la mente, que es quien domina la situación, sólo busca el dinero, el dominio, la supremacía, el poder, el gozo de los sentidos… ¿el bienestar también??? Aquí la mente se pierde, porque no sabe que el bienestar sólo está donde el amor está presente. —Amor tenemos todos, pero arrinconado, taponado, como si no existiera—. El bienestar equilibrado, duradero, pacífico, sosegado, no el bienestar inestable y peligroso que da el poder y el dinero. Y esto es así de peligroso y efímero, porque ese bienestar inestable y al borde del peligro está basado en la injusticia, el abuso, el sometimiento del ser humano, la manipulación, la expoliación del planeta, la ignominia, la opresión, la mentira… y más, y mucho más.
Falta amor y sobra egoísmo. Que también puede decirse de esta otra manera:  falta corazón y sobra cerebro (mentalidad científica). No que sobre cerebro, sino que el desequilibrio entre lo científico y lo emocional no sea tan grande. Todo el esfuerzo se centra en hacer del hombre un androide: muy conocedor de las ciencias pero sin sentimientos humanos.  
Jesús de Nazaret, el hijo unigénito de Dios, es puro amor, y no es otra cosa, y esto es lo que de verdad importa y debe prevalecer sobre las ciencias. Seamos científicos, vale, pero con corazón. Pero, ponemos mucho afán en que nuestros hijos, desde una edad muy temprana, entiendan los conocimientos de las ciencias,   y nos olvidamos de enseñarles y formarles en el amor: amistad, respeto a los demás, benevolencia, que el mundo no es sólo mío, y tantas vocaciones que salen del amor. Se pueden y se deben compaginar las ciencias y las percepciones del corazón. ¿Será peor profesional, en la rama que sea, si tiene buen corazón? No, sino todo lo contrario. Pero, ¡claro!, al bueno se le considera tonto y el malo arrasa a los que tienen corazón compasivo. ‘Hay que ser de los agresivos, de los que pisotean la dignidad humana, éstos son los que vencen y prosperan’. Sí, pero el mundo que crean no lo quieren ni ellos mismos; y, naturalmente, no saben por qué.                  

El amor es al alma humana lo que la luz al mundo físico.
La luz es lo más importante para la vida en el planeta. En la luz nos percibimos unos a otros y a todo cuanto nos rodea. En el amor nos buscamos, nos necesitamos, damos de lo que tenemos, lo que somos: compartimos. El amor, en los seres evolucionados, es quien da sentido a sus vidas y proporciona el gozo y la razón de vivir. Puede parecer que hay otras razones para aferrarse a la vida, pero no son auténticas ni duraderas ni fiables; son espejismos.
Empieza en Génesis, cuando Dios hace al hombre, y después dice: “No es bueno que el hombre esté solo, hagámosle una compañera…” (Gén 2, 7 y 18) (Compañera con la que compartir la vida y todas sus experiencias y emociones. Se  comparte en el amor).

El amor es Unidad:
 “Para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tu me enviaste”
“Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado.  (Jn 17:21-23)
El amor es el mayor Mandamiento:
  “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente”. (Mt 22, 37) ¿Y cómo podemos amar a Dios? En la primera carta de Juan lo dice muy claro: Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?” (1 Jn 4, 20)
“Un sólo mandamiento os dejo: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que quien da la vida por los amigos”. “Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que os mando”. (Jn 15:12-14)

El amor de Dios es el móvil fundamental de todo lo creado:  
« Amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que hiciste, porque, si algo odiaras, no lo habrías creado » (Sb 11,24).



Del amor derivan otras muchas virtudes:
Compasión, amabilidad, amistad, disposición y ayuda incondicional, clemencia, buena voluntad, simpatía, empatía, espíritu de sacrificio, caridad, entrega: incluso a la muerte, como demuestra Cristo.
El amor nos pide y anima a compartir, no solo bienes que cubran necesidades humanas, sino sentimientos como alegrías, penas, necesidades psíquicas, espirituales, etc. ¿Y quién necesita penas? Nadie, creo, pero al que las tiene le viene bien compartirlas. Si compartir es repartir, pues, viene de maravilla que alguien se preocupe de nuestras penas para aliviarnos la carga.
Pero, la falta de amor da como resultado actitudes, deseos e intenciones menos recomendables: Odio, envidia, animadversión, malos deseos contra el prójimo, contra la naturaleza, deseos de venganza,  difamaciones, calumnias, codicia, vanidad, despecho…, y por encima de todo, el imperio de la mentira y el egoísmo.
La principal función del amor es darse, entregarse y compartir.
Este es el objetivo primordial en la vida del ser humano, en su bagaje, en sus usos y costumbres; de aquí recibe su plenitud y satisfacción o gozo. Es lo contrario al egoísmo. No tenemos amor para que nos den más, para que nos cuiden, nos mimen, nos tengan en “pedestal”, nos consideren, nos den importancia… no; es justo a la inversa. Esto es lo que hace Dios con nosotros, sus criaturas, y espera que lo aprendamos y le imitemos. El gozo está en entregarse y compartir lo que somos, lo que tenemos, no en recibir. Al movernos en el amor con estas actitudes, al usarle de esta manera, ya recibimos la recompensa: el gozo que da amar.
Dios, enamorado y entregado a su criatura.  Esto  es algo que no cabe en nuestra mente material y mundana. Esto demuestra que el Amor necesita ejercerse, aplicarse, derramarse sobre todas las cosas y sobre los seres vivos especialmente; en una palabra, necesita ‘fluir’. Por eso Dios hace la Creación y, dentro de ella, pone al hombre como culminación muy especial: un ser viviente con quien compartir su amor. ¡Amor de Dios! Esto es grandioso.
Nosotros amamos porque Dios nos amó primero. (1 Jn 4, 19) O sea, que Dios compartió su amor con nosotros, nos hizo partícipes y depositarios de esa potestad suya.
El amor, según algunos entendidos, es el mayor poder de la creación. Es la fuerza que empuja, anima y sostiene la vida. El amor mueve el mundo, lo modela y lo integra. Es la vivencia que da sentido pleno y genuino a nuestras vidas. Sin amor no podríamos vivir. Cierto que hay mucha maldad, pero también hay mucho amor, de lo contrario no sería posible la existencia.
En la luz nos percibimos y, gracias al amor, nos regocijamos de este encuentro.
Fijémonos en una pareja de pajarillos, entregados febrilmente, hasta el agotamiento si la cosa está difícil, en llevar alimento a sus crías en el nido. ¿Qué les empuja a hacer esto? Esto es entrega, esto es amor. Y no van a recibir nada a cambio, pues sus crías, en cuanto puedan volar, se irán del nido y vivirán sus vidas independientemente de sus progenitores. Y… ¡hasta la siguiente cría! Ya veis; cosas del amor. Pero son cosas que motivan, que dan razón y objetividad a la vida misma. Y la vida se goza y se justifica con esa entrega, dando sentido a la existencia. Bueno, ya está dicho, el amor es darse, entregarse, compartir. La vida  tiene su origen en el amor, como vemos en Génesis. Así pues, todo resuelto. No hay misterios ocultos. Pero además, el amor tiene un campo de acción y emociones muy amplio.
Mas lo primordial es sentirlo, no teorizar sobre él. Cuando no sientes algo por ti mismo/a, no lo conoces, y lo que no se conoce se ignora, y si se ignora se pierden sus influencias benefactoras.  

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