El amor
Definir
el amor es un tanto complicado y delicado, pero, ¡voy a intentarlo!
Si alguien
pregunta qué es, cómo es, para qué sirve o el porqué del amor, es como si
preguntara para qué sirve, qué hace o qué valor tiene la luz. El ser humano, por ejemplo, sin luz no
existiría, ni existirían los animales que conocemos, ni los vegetales;
prácticamente no existiría nada con vida. Pues, el amor tiene una gran similitud
con la luz, sobre todo en los aspectos de ser creador de vida y mantenedor de
la misma. Lo primero que hizo Dios fue la luz, y después la vida y por último hizo
al hombre.
El amor es
un atributo o potestad de Dios.
No es un sentimiento simplemente, sino fuente de sentimientos, emociones y vocaciones.
El amor no está en las capacidades del hombre como una potencia más de la mente
y sus conocimientos. Este atributo que Dios nos da, es para que gocemos con él
y por medio de él podamos ser felices. Está alojado en el corazón, no en el
cerebro.
El cerebro no
es capaz de amar. El cerebro es capaz de realizar maravillas tecnológicas,
avances tecnológicos y descubrimientos científicos e inventos de todo tipo,
pero no es capaz de amar. Eso no es lo suyo. Lo suyo son las ciencias, las
matemáticas, los inventos, el cálculo, la previsión, la estrategia, la astucia,
pero no el amor. Pero si atiende a las razones del corazón, puede entender el
amor. El amor es otra cosa distinta al cálculo mental. El amor no atiende a
razones científicas; escapa a la racionalidad. Y este es el gran problema del
hombre: se ha avanzado mucho en las ciencias, tecnologías e inventos, y en el
amor, de un modo general y persistente, nos hemos quedado estancados en los
tiempos de Adán; aunque hay excepciones, naturalmente.
Dios nos ha
dado la mente inteligente, claro
está, pero también nos ha dotado del atributo amor o capacidad de amar. Yo
creo que es de pura lógica, y de esto sí entendemos, que aprendamos a
compaginar ambas cosas; esto nos reportaría gran ganancia. Porque en el cerebro
también hay una parte que atiende a las razones que no son intrínsecamente
físicas. Esto es la inteligencia
emocional, que puede ser entendida y comprendida igual que la inteligencia científica. Lo que ocurre
es que estamos volcados enteramente hacia lo material, hacia lo contante y
sonante; lo espiritual... como que no interesa mucho.
Si el hombre
pusiera amor en una parte importante de lo que hace, no tendríamos un mundo tan
putrefacto y abominable como el que tenemos.
No nos
equivoquemos más, no cometamos más errores por falta de entendimiento; al mundo sólo lo arregla el amor. Pero, ¡cuidado!,
empezando por uno mismo, no esperando, como hacemos con otras cosas, que sean
los demás los que den el primer paso.
Pero no; la
mente, que es quien domina la situación, sólo busca el dinero, el dominio, la
supremacía, el poder, el gozo de los sentidos… ¿el bienestar también??? Aquí la
mente se pierde, porque no sabe que el bienestar sólo está donde el amor está
presente. —Amor tenemos todos, pero arrinconado, taponado, como si no existiera—.
El bienestar equilibrado, duradero, pacífico, sosegado, no el bienestar
inestable y peligroso que da el poder y el dinero. Y esto es así de peligroso y
efímero, porque ese bienestar inestable
y al borde del peligro está basado en la injusticia, el abuso, el sometimiento
del ser humano, la manipulación, la expoliación del planeta, la ignominia, la
opresión, la mentira… y más, y mucho más.
Falta amor y sobra egoísmo.
Que también puede decirse de esta otra manera:
falta corazón y sobra cerebro (mentalidad
científica). No que sobre cerebro, sino que el desequilibrio entre lo científico
y lo emocional no sea tan grande. Todo el
esfuerzo se centra en hacer del hombre un
androide: muy conocedor de las ciencias pero sin sentimientos humanos.
Jesús de
Nazaret, el hijo unigénito de Dios, es puro amor, y no es otra cosa, y esto es
lo que de verdad importa y debe prevalecer sobre las ciencias. Seamos
científicos, vale, pero con corazón. Pero, ponemos mucho afán en que nuestros
hijos, desde una edad muy temprana, entiendan los conocimientos de las
ciencias, y nos olvidamos de enseñarles y formarles en
el amor: amistad, respeto a los demás, benevolencia, que el mundo no es sólo mío,
y tantas vocaciones que salen del amor. Se pueden y se deben compaginar las
ciencias y las percepciones del corazón. ¿Será peor profesional, en la rama que
sea, si tiene buen corazón? No, sino todo lo contrario. Pero, ¡claro!, al bueno
se le considera tonto y el malo arrasa a los que tienen corazón compasivo. ‘Hay que ser de los agresivos, de los que pisotean
la dignidad humana, éstos son los que vencen y prosperan’. Sí, pero el mundo que crean no lo quieren
ni ellos mismos; y, naturalmente, no saben por qué.
El amor es
al alma humana lo que la luz al mundo físico.
La luz es lo
más importante para la vida en el planeta. En la luz nos percibimos unos a
otros y a todo cuanto nos rodea. En el amor nos buscamos, nos necesitamos,
damos de lo que tenemos, lo que somos: compartimos.
El amor, en los seres evolucionados, es quien da sentido a sus vidas y
proporciona el gozo y la razón de vivir. Puede parecer que hay otras razones
para aferrarse a la vida, pero no son auténticas ni duraderas ni fiables; son
espejismos.
Empieza en
Génesis, cuando Dios hace al hombre, y después dice: “No es bueno que el hombre esté solo, hagámosle una compañera…” (Gén
2, 7 y 18) (Compañera con la que compartir la vida y todas
sus experiencias y emociones. Se comparte en el amor).
El amor es Unidad:
“Para que todos sean
uno; como tú,
oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para
que el mundo crea que tu me enviaste”
“Yo en ellos, y tú
en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me
enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí
me has amado. (Jn
17:21-23)
El amor es
el mayor Mandamiento:
“Amarás al Señor tu Dios con todo tu
corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente”. (Mt 22, 37) ¿Y cómo
podemos amar a Dios? En la primera carta de Juan lo dice muy claro: “Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso.
Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a
quien no ha visto?” (1
Jn 4, 20)
“Un sólo
mandamiento os dejo: que os améis los unos a los
otros como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que quien da la vida
por los amigos”. “Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que os mando”. (Jn
15:12-14)
El
amor de Dios es el móvil fundamental de todo lo creado:
« Amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que
hiciste, porque, si algo odiaras, no lo habrías creado » (Sb 11,24).
Del amor derivan
otras muchas virtudes:
Compasión,
amabilidad, amistad, disposición y ayuda incondicional, clemencia, buena
voluntad, simpatía, empatía, espíritu de sacrificio, caridad, entrega:
incluso a la muerte, como demuestra Cristo.
El amor nos pide
y anima a compartir, no solo bienes que cubran necesidades humanas, sino
sentimientos como alegrías, penas, necesidades psíquicas, espirituales, etc. ¿Y
quién necesita penas? Nadie, creo, pero al que las tiene le viene bien
compartirlas. Si compartir es repartir, pues, viene de maravilla que alguien se
preocupe de nuestras penas para aliviarnos la carga.
Pero, la
falta de amor da como resultado actitudes, deseos e intenciones menos recomendables:
Odio, envidia, animadversión, malos deseos contra el prójimo, contra
la naturaleza, deseos de venganza, difamaciones,
calumnias, codicia, vanidad, despecho…, y por encima de todo, el imperio de la
mentira y el egoísmo.
La principal
función del amor es darse, entregarse y compartir.
Este es el
objetivo primordial en la vida del ser humano, en su bagaje, en sus usos y
costumbres; de aquí recibe su plenitud y satisfacción o gozo. Es lo contrario al
egoísmo. No tenemos amor para que nos den más, para que nos cuiden, nos mimen, nos
tengan en “pedestal”, nos consideren, nos den importancia… no; es justo a la
inversa. Esto es lo que hace Dios con nosotros, sus criaturas, y espera que lo
aprendamos y le imitemos. El gozo está en entregarse y compartir lo que somos,
lo que tenemos, no en recibir. Al movernos
en el amor con estas actitudes, al usarle de esta manera, ya recibimos la
recompensa: el gozo que da amar.
Dios, enamorado y entregado a su criatura.
Esto es algo que no cabe en nuestra mente material
y mundana. Esto demuestra que el Amor necesita ejercerse, aplicarse, derramarse
sobre todas las cosas y sobre los seres vivos especialmente; en una palabra,
necesita ‘fluir’. Por eso Dios hace la Creación y, dentro de ella, pone al
hombre como culminación muy especial: un ser viviente con quien compartir su
amor. ¡Amor de Dios! Esto es grandioso.
Nosotros
amamos porque Dios nos amó primero. (1 Jn 4, 19) O sea, que Dios
compartió su amor con nosotros, nos hizo partícipes y depositarios de esa
potestad suya.
El amor, según
algunos entendidos, es el mayor poder de la creación. Es la fuerza que empuja,
anima y sostiene la vida. El amor mueve el mundo, lo modela y lo integra. Es la
vivencia que da sentido pleno y genuino a nuestras vidas. Sin amor no podríamos
vivir. Cierto que hay mucha maldad, pero también hay mucho amor, de lo
contrario no sería posible la existencia.
En la luz nos percibimos y, gracias al amor,
nos regocijamos de este encuentro.
Fijémonos en
una pareja de pajarillos, entregados febrilmente, hasta el agotamiento si la cosa
está difícil, en llevar alimento a sus crías en el nido. ¿Qué les empuja a
hacer esto? Esto es entrega, esto es amor. Y no van a recibir nada a cambio,
pues sus crías, en cuanto puedan volar, se irán del nido y vivirán sus vidas
independientemente de sus progenitores. Y… ¡hasta la siguiente cría! Ya veis;
cosas del amor. Pero son cosas que motivan, que dan razón y objetividad a la
vida misma. Y la vida se goza y se justifica con esa entrega, dando sentido a
la existencia. Bueno, ya está dicho, el amor es darse, entregarse, compartir. La
vida tiene su origen en el amor, como
vemos en Génesis. Así pues, todo resuelto. No hay misterios ocultos. Pero
además, el amor tiene un campo de acción y emociones muy amplio.
Mas lo primordial es sentirlo, no teorizar sobre él. Cuando no sientes
algo por ti mismo/a, no lo conoces, y lo que no se conoce se ignora, y si se
ignora se pierden sus influencias benefactoras.
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