El
Evangelio no es historia
Los evangelios no son la historia de Jesús. Ni ninguna
otra historia.
La Iglesia Católica, basada y guiada por la Tradición
Apostólica, ha catalogado cuatro evangelios, entre varios más, por ser los más
publicados, testimoniados e inspirados. Inspiración - tradición – transmisión
y, por supuesto, un profundo estudio del sentido y alcance evangélico de los
escritos.
El Evangelio o los Evangelios, han sido escritos por cuatro
evangelistas, indistintamente, y en fechas y lugares distintos. Son cuatro los
Evangelios: según San Mateo, según San Marcos, según San Lucas y según San
Juan. De ahí que se pueda decir “el Evangelio” o “los Evangelios”.
Generalmente se presentan juntos en un solo libro, pero
también se presentan por separado, cada libro por su autor.
Pues, si no son historia, ¿qué es o qué son? Evangelio
quiere decir Buena Nueva o Buena Noticia. La buena noticia es el contenido de
la predicación de Jesús. Jesús es la Revelación del Padre, y eso es lo que hay
escrito en el Evangelio. En el Nuevo Testamento, la predicación de Jesús nos
muestra todo lo que El Padre tenía que decir a los hombres.
Aunque los evangelios hablan de la vida de
Jesús, no lo hacen como historia, sino como predicación del reino de Dios, de
la verdad que procede del Padre, y enseñanza del amor y del perdón.
Bien; por ejemplo, el hecho de ser torturado y morir en
una cruz, aunque, evidentemente está recogido en la historia, es más un
testimonio directo y verdadero de su mensaje, que un hecho de la historia.
Interesa mucho más el motivo por el que se entregó, que el hecho en sí: Un
crucificado más de los muchos que ejecutaban los romanos. Pero, además está el
hecho, testimoniado por sus discípulos y muchas más personas, de la
resurrección; esto ya se sale de la historia. Es decir, la historia no puede
transcribir esto porque pertenece al Más Allá; esto es algo fuera de lo común
en esta vida, y resulta increíble sin la fe.
Así pues, el Evangelio anuncia otra cosa; anuncia la
buena noticia de que somos hijos de Dios y herederos del reino, no simples
mortales que hoy somos y mañana no somos nada, ni un simple recuerdo. Y lo hace
de una manera, que de no ser por la fe, nadie se daría por enterado.
Es decir, que el libro, o los libros tienen en sí mismos
la garantía absoluta de que serán comprendidos por personas de fe y solo por
éstas. Cualquiera otra persona que intente curiosear y manipular los mensajes
evangélicos, no entenderá más allá de lo que dice la letra; o sea “al pie de la
letra”. Con esto no se podrá hacer daño alguno a la verdad de Dios.
Jesús dice: “El
que hable en mi nombre, el que actúe en mi nombre, ese no podrá luego hablar
mal de mí. No se lo prohibáis”. (Mc 9, 39) Este es uno de esos personajes
que ha recibido el don de la fe, y entiende las escrituras.
Dicho sea de paso, la
fe es un don que da Dios; no es algo que se adquiera por estudio, comportamiento,
por dedicación al culto, por méritos propios, etc. O sea, no lo ganamos
nosotros, sino que es Dios el que otorga este don.
El Evangelio alguna vez comienza un pasaje o mensaje
evangélico diciendo: “En aquel tiempo
dijo Jesús a sus discípulos”. Esto parece que inhibe de responsabilidad a
cualquiera que lo lea o lo escuche, pues “se
lo decía” a sus discípulos “en aquel
tiempo”. Pero, resulta que discípulo-a es toda persona que sigue a Jesús,
no sólo el que le seguía en aquel tiempo en que anduvo Jesús por este mundo; de
modo que esa forma de hablar es para todos los discípulos de todos los tiempos.
Así pues, debe entenderse como es: “Jesús
dice a sus discípulos, en este momento y en cualquier tiempo”.
¿Qué tendría que ver un discípulo actual, con el centurión
romano del Evangelio de Lucas 7?
Este hombre, militar romano, invasor y opresor del pueblo judío, va en
busca de Jesús (un judío) porque ha oído hablar de sus milagros y curaciones, y
le pide que cure a su sirviente. Primeramente envió a unos ancianos a que le
comunicasen a Jesús la gravedad de su sirviente, y si podía ir a verle. Jesús
fue, pero antes de llegar a la casa, el centurión le envió a unos amigos a
decirle: “No soy digno de que entres
bajo mi techo, por lo que ni aun me tuve por digno de venir a ti. Solo con que
digas una palabra, mi siervo será sano. Porque yo también tengo hombres bajo mi
mando y hacen lo que les ordeno.” (Lc 7, 7-8)
Jesús quedó maravillado con la fe de aquel centurión romano que dice:
“Yo ordeno a mis hombres y me obedecen; por la misma razón sé que tu puedes
ordenar a las fuerzas sobrenaturales y te obedecerán. Mi criado puede ser
sanado sin necesidad de que entres bajo mi techo”.
Fe y humildad.
Lo que más sorprende en este personaje es la humildad; estamos ante un guerrero
invasor, de creencias en dioses paganos, es decir idólatra, frente a un miembro
del pueblo invadido y vencido, y muestra una humildad que ¡ya quisiéramos algunos
para nosotros que creemos en el Dios único!
En la Parábola del Hijo Pródigo, de Lucas 15, cuando
habla del hermano mayor del hijo pródigo, nos encontramos con un personaje que
no se parece en nada, sino todo lo contrario, a este centurión romano. Este “hermano
mayor” cree tener todos los derechos, ya que los ha ido adquiriendo a lo largo
de años ¿de servicio?: “Hace tantos años
que te sirvo, y nunca me has dado ni un cabrito para celebrarlo con mis amigos,
y llega ese hijo tuyo, que ha despilfarrado sus bienes con rameras, y le matas el ternero cebado.” Y el
padre contesta: “Hijo, tu siempre estás
conmigo y todo lo mío es tuyo.” (Lc 15,29) Y digo yo, ¿entonces de que se
queja? Si no se ha comido un cabrito, o dos o diez, es porque no está seguro de
si tiene o no autorización. Según el padre sí la tiene: “todo lo mío es tuyo”. Al padre sólo le faltó decir: ‘si no lo tomas
es porque no te atreves; no te sientes muy seguro’. Este hermano mayor es un
personaje que hay que estudiar muy de cerca y muy a fondo.
En esta parábola, todo converso, (no hablo del que ha
estado desde niño del lado del Señor), se identifica rápidamente y fácilmente
con el hijo menor: Vivir uno la vida a su antojo; cuando llegan las
dificultades fuertes se acuerda de que en casa de su padre hasta los jornaleros
tienen pan, y así, arrepentido por su mala vida, decide ir a casa del padre,
pedirle perdón y poner a sus pies la humildad que merece: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, no soy digno de llamarme hijo tuyo; hazme como a uno de tus
jornaleros”. Y al padre todo le parece poco para festejar la vuelta de su
hijo, que estaba perdido y había sido hallado; estaba muerto y había vuelto a
la vida.
Bien; en esta parábola hay tres personajes; al que vemos más
claramente y entendemos, nada más llegar, es al ‘niño’ despilfarrador y
mujeriego que se arrepiente. Se arrepiente porque ve en el mundo injusticias,
que en casa de su padre no existen; esto lo recuerda bien.
El segundo, el hijo que
‘siempre ha estado en casa’; pero que no se ha enterado nunca cual es su
verdadera situación, su verdadera función en la vida, su auténtica y
correspondiente relación con el padre. A este personaje apenas si le dedicamos
atención y casi ni nos fijamos en él. Le vemos en la parábola como si estuviera
de relleno para realzar la narración. Y tiene mucha importancia; tanta, que el
hijo pequeño, una vez que se acomoda a estar en casa del padre, tiene
tendencias muy fuertes, con el paso del tiempo, a convertirse en lo que es
ahora el ‘hermano mayor’. Existe esa fuerte tendencia. Bien; pues esta parábola
nos invita a escudriñar a ese hermano mayor, y ver si tenemos algo en común con
él. La verdad es que no estamos muy lejos de él.
Y por último, el personaje
fundamental, el padre, al que debemos ver en toda su extensión y cualidades,
comprender sus atenciones, su alegría y su gran amor. A éste tampoco le
dedicamos mucha atención. Como es el padre, el dueño de la hacienda, la cabeza
visible y más importante de la casa, el que lleva las riendas de la casa y la
hacienda…, no se nos ocurre pensar que es al que tenemos que imitar sobretodo.
Es muy conveniente que leáis
esta parábola de Lucas 15, para comprender mejor lo que estoy diciendo.
Como he dicho, es muy fácil y
entendemos muy bien la vuelta a la casa del padre, cuando hemos estado
descarriados tanto tiempo.
No es tan fácil entender al
hermano mayor. ¿Qué le pasa a éste que no se alegra con la vuelta de su hermano
pequeño? Se enfada, no quiere entrar en la casa, no quiere participar del
alborozo que ha causado la llegada del hijo menor; tiene que salir el padre
para aliviarle y hacerle entrar en razón… Pues, le pasa que en amor tiene un
suspenso; pero un sobresaliente en soberbia, en animadversión, envidia y furia rabiosa
hacia el hermano, y hacia el padre, que trata al ‘degenerado’ de su hermano
‘mejor’ que a él mismo…
Bueno al “hermano mayor” no hay que imitarle, pero sí contrastar
con él por si andamos por los mismos derroteros.
Al
tercer personaje es al que hay que imitar en todo. Lo que pasa es que, como ya
intuimos que se trata de Dios, pues, nos produce reparo, cortedad: “Dios está
muy elevado para intentar imitarle”. Pues,
hay que refrescar la memoria: “Estamos
hechos a imagen y semejanza de Dios” (Gn 1, 26) Y esto: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial
es perfecto” (Mt 5, 48) Y esto otro: “Para
que todos sean uno en nosotros; como tú Padre en mí, y yo en ti”. (Jn 17,
21) De manera que no incurrimos en ninguna pretensión excesiva sino
perfectamente natural; es de cajón,
podríamos decir.
¿Qué son las parábolas?
Esta pregunta se le ocurre a mucha gente.
Las parábolas son un género literario, parecido a las
fábulas, que transmiten una enseñanza de una manera sencilla. Jesús las emplea
a menudo. Las fábulas utilizan animales como protagonistas de la enseñanza que
se quiere transmitir; las parábolas utilizan seres humanos, (no siempre: el
grano de mostaza, la levadura, p. e. y otras), pero, al igual que las fábulas,
desarrollando una historia parecida a la enseñanza que se pretende transmitir.
Pero, además ejerce un influjo especial sobre las personas que tienen fe. Este
influjo es que una persona de fe se siente reflejada, como si de ella se
tratara, en la situación que escenifica la parábola. Esto da como resultado lo
que Jesús dice en Mateo 13, 13:
“Les hablo en
parábolas porque viendo no ven, y oyendo no oyen, ni entienden”. Y ante
esto uno se preguntará: ¿Entonces para qué les habla, si no oyen, ni ven, ni
entienden? “Pero bienaventurados vuestros ojos, porque ven; y vuestros oídos,
porque oyen.” (Mt 13, 16) “Porque a
vosotros os es dado saber los misterios del reino de los cielos; mas a ellos no”.
(Mt 13, 11) “A sus discípulos, en privado, les explicaba el sentido de las
parábolas”. (Mc 4, 34)
Pues, queda bien claro. Las
personas de fe pueden entender los misterios del reino; las que no, se quedan como
si no oyeran, ni vieran; porque no entienden. Y no entienden porque están en
otra cosa, otra dimensión, otra onda, o lo que sea. La persona que está
interesada de verdad, ésa entiende; mejor dicho, llega a entender, pues el
entendimiento no se abre de inmediato, ni de golpe, sino que, en líneas generales,
se va comprendiendo poco a poco.
“El reino de los cielos es semejante al grano de mostaza que se siembra
en el campo. Es una de las semillas más pequeñas que existen; pero cuando ha
crecido, es la mayor de las hortalizas, y se hace un árbol, de tal manera que
las aves del cielo vienen a posarse y hacen sus nidos en él”. (Mt 13,
31-32).
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