martes, 19 de abril de 2016

PARABOLAS
 “Les hablo en parábolas para que viendo no vean y oyendo no entiendan”. (Mt 13, 13)

Cualquiera puede pensar que las parábolas están para confundirnos o para que no nos enteremos de nada de su contenido. No, sino todo lo contrario; somos nosotros los que no queremos entender. La parábola es una forma de presentar una idea o una realidad pragmática, de la manera más sencilla posible, para que la pueda entender cualquiera. Es todo lo contrario de lo que aparentemente dice en Mateo 13. En realidad nos está diciendo: ¿Cómo es que no ves lo que está ante tus ojos y a la luz del día? ¿Cómo es que no entiendes lo que estás oyendo, si está explicado para niños? Pues ahí está el misterio: No queremos entender, porque eso conlleva a la conversión. O sea que lo que no queremos es convertirnos.
                “Anda, y di a este pueblo: Oíd bien, y no entendáis; ved por cierto, mas no comprendáis. Engruesa el corazón de este pueblo, y agrava sus oídos, y ciega sus ojos, para que no vean sus ojos, ni oigan sus oídos, ni sus corazones entiendan, ni se conviertan y sean sanados. (Is 6, 9-10)
                Esta palabra contiene una franca ironía. En realidad está diciendo: “Háblales, muéstrales la verdad, pero ni van a ver ni te van a oír y mucho menos a entender”, porque su corazón se ha endurecido y sus sentidos embotado.
En otro pasaje dice “háblales, escuchen o no escuchen”. “Mas no te querrán oír, porque no quieren oírme a Mí” (Ez 3, 7 y 11)
“No escucharán, pero háblales”. La Palabra tiene que publicarse; alguien escuchará y entenderá. Y así es; unas pocas almas entienden porque escuchan. ¿Y las otras? ¿Escucharán algún día? Parece como si Dios  no tuviera prisa. En esto hay un misterio más: ¿Comprenderá, al fin, todo ser humano? Suponemos que sí, pero no lo sabemos con seguridad. Solo podemos confiar en que lo que Dios ha dispuesto se realizará. Él es el artífice de todo. Él conoce como nadie al ser humano; es obra de sus manos. ¿Quién puede asegurar que el hombre es un fracaso de la Creación?
De cualquier manera, no creo que nos corresponda a nosotros juzgar esta cuestión; la cuestión de cada cual es escuchar y entender, no si mi congénere escucha o no. Estamos donde siempre, en el punto conflictivo y absurdo: “Señor, quieres que yo cambie, pero  mi prójimo va como por libre”. Conflictivo por absurdo, es la palabra exacta. Nadie vive por mí, ni yo puedo vivir por nadie. Es por esto que la transformación o conversión pertenece a mi propia vida, no a la relación de los otros conmigo. Por  eso, en este asunto, no puedo fijarme en lo que hacen los demás. Si los demás deciden dejar de respirar, ¿lo haría yo también?

“El que tenga oídos para oír, que oiga”. (Mt 13, 9) El que esté dispuesto a oír, oirá y entenderá. El que esté dispuesto a querer ver, (“Señor, que yo vea”. Lc 18, 41) verá lo que se oculta a los ojos de los que no quieren ver y entender la realidad.
“Porque el corazón de este pueblo se ha engrosado, Y con los oídos oyen pesadamente, y han cerrado sus ojos: Para que no vean con los ojos, y oigan con los oídos, y con el corazón entiendan, y se conviertan, y yo los sane”. (Mt 13, 15) 

Miedo a sanar. Si esto es palabra de Dios, ¿lo vamos a dudar? ¿Con qué razones?
Querer quitar la paja del ojo ajeno y no quitar la viga del mío. La paja en mi ojo es una viga porque es mi problema, el obstáculo que enturbia mi vida. La paja en el ojo del otro es cosa de su vida, no de la mía. Estos dos casos forman el gran atasco, el gran conflicto que nos mantiene inmóviles, anclados y maniatados.
Pero aun hay más, y éstas son las cosas del “yo” individualista, egoísta, y lleno de vicios que forman en mi vida como una red que me inmoviliza, enreda y confunde.

¿Cómo actúa una parábola?
Es como una semilla. La transformación de una semilla es lo más prodigioso que pueda imaginarse. Una semilla encierra en sí misma el principio de la vida. Las fases de desarrollo y el espectáculo final son realmente maravillosos. El espectáculo que nos regala la Naturaleza en primavera no tiene parangón. Y todo ha salido de pequeñas semillitas que quedaron esparcidas aleatoriamente, ayudadas por el viento o transporte animal, y en última instancia la lluvia se encarga de producir el prodigio. Y si la grandiosidad del espectáculo de la Madre Naturaleza, en su parte floral y fructuosa es maravillosa, no digamos lo que concierne a la vida animal, y la vida del hombre como máxima culminación de la Creación. Podríamos preguntar ¿hay quien dé más?
La palabra es la semilla. (Mc 4, 14) Toda palabra de Dios es parecida a una semilla,   sólo que la transformación se produce en el corazón de las personas. Pero ésta, aparte del prodigio similar al de la floración de la semilla, —alegría, éxtasis, regocijo, perpetuación de la especie, etc.,—  hace una cosa más, y es que el corazón que experimenta esa transformación de la palabra dentro de sí, sabe que la palabra le está identificando a él, no a otra persona, y que le está mostrando una parte de su vida, —cada palabra muestra una parte de la vida personal—.
Pero, lo mismo que una semilla necesita enterrarse en tierra para producir las maravillas de la vida, a la palabra hemos de acogerla, dejarla entrar a nuestro corazón: “escuchar la palabra y guardarla en el corazón”. Dicho de forma más pedagógica, reflexionar sobre la palabra recibida para descubrir su contenido, que de ninguna forma es lo que dice a primera vista o primera impresión.
 Por ejemplo: Casi todo el mundo que se convierte, en poco tiempo se siente identificado/a con el Hijo Pródigo (Lc 15,11): “ese soy yo”, decimos. Más adelante, en el tiempo, llegará también a identificarse con el Hermano Mayor, aunque éste encierra un misterio más profundo, pero de gran alcance y validez. Porque, naturalmente, con haber llegado a encontrarse con el Padre, no está todo hecho: “Hasta aquí he llegado, esta es la meta, y… ¡a vivir!”. No; la vida es un camino largo y lleno de dificultades, enseñanzas y otras peripecias y manifestaciones, y dura hasta el final de nuestros días. Encontrarse con el Padre significa otra nueva forma de vivir, de entender el misterio de la vida y las relaciones con todo lo creado, especialmente con el resto de congéneres. Y seguimos viviendo la vida aquí en nuestro planeta tierra, porque este planeta, nuestro planeta, necesita, y mucho, esa nueva forma de entender la vida y vivirla para bien de toda la Creación.
Dios creó, construyó, dio vida, y puso al hombre al frente de todo, como administrador digno y fiel ante todo y ante todos y para todos. Algo falló en la cabecita del hombre y parece que todo lo entendió al revés. Y esa es la lucha: entender en qué hemos fallado y retomar la iniciativa primaria. Esa será la germinación de la palabra como semilla. Esto nos llevará a una prodigiosa primavera.

Difícil solución, pero…

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