martes, 19 de abril de 2016

PARABOLAS
 “Les hablo en parábolas para que viendo no vean y oyendo no entiendan”. (Mt 13, 13)

Cualquiera puede pensar que las parábolas están para confundirnos o para que no nos enteremos de nada de su contenido. No, sino todo lo contrario; somos nosotros los que no queremos entender. La parábola es una forma de presentar una idea o una realidad pragmática, de la manera más sencilla posible, para que la pueda entender cualquiera. Es todo lo contrario de lo que aparentemente dice en Mateo 13. En realidad nos está diciendo: ¿Cómo es que no ves lo que está ante tus ojos y a la luz del día? ¿Cómo es que no entiendes lo que estás oyendo, si está explicado para niños? Pues ahí está el misterio: No queremos entender, porque eso conlleva a la conversión. O sea que lo que no queremos es convertirnos.
                “Anda, y di a este pueblo: Oíd bien, y no entendáis; ved por cierto, mas no comprendáis. Engruesa el corazón de este pueblo, y agrava sus oídos, y ciega sus ojos, para que no vean sus ojos, ni oigan sus oídos, ni sus corazones entiendan, ni se conviertan y sean sanados. (Is 6, 9-10)
                Esta palabra contiene una franca ironía. En realidad está diciendo: “Háblales, muéstrales la verdad, pero ni van a ver ni te van a oír y mucho menos a entender”, porque su corazón se ha endurecido y sus sentidos embotado.
En otro pasaje dice “háblales, escuchen o no escuchen”. “Mas no te querrán oír, porque no quieren oírme a Mí” (Ez 3, 7 y 11)
“No escucharán, pero háblales”. La Palabra tiene que publicarse; alguien escuchará y entenderá. Y así es; unas pocas almas entienden porque escuchan. ¿Y las otras? ¿Escucharán algún día? Parece como si Dios  no tuviera prisa. En esto hay un misterio más: ¿Comprenderá, al fin, todo ser humano? Suponemos que sí, pero no lo sabemos con seguridad. Solo podemos confiar en que lo que Dios ha dispuesto se realizará. Él es el artífice de todo. Él conoce como nadie al ser humano; es obra de sus manos. ¿Quién puede asegurar que el hombre es un fracaso de la Creación?
De cualquier manera, no creo que nos corresponda a nosotros juzgar esta cuestión; la cuestión de cada cual es escuchar y entender, no si mi congénere escucha o no. Estamos donde siempre, en el punto conflictivo y absurdo: “Señor, quieres que yo cambie, pero  mi prójimo va como por libre”. Conflictivo por absurdo, es la palabra exacta. Nadie vive por mí, ni yo puedo vivir por nadie. Es por esto que la transformación o conversión pertenece a mi propia vida, no a la relación de los otros conmigo. Por  eso, en este asunto, no puedo fijarme en lo que hacen los demás. Si los demás deciden dejar de respirar, ¿lo haría yo también?

“El que tenga oídos para oír, que oiga”. (Mt 13, 9) El que esté dispuesto a oír, oirá y entenderá. El que esté dispuesto a querer ver, (“Señor, que yo vea”. Lc 18, 41) verá lo que se oculta a los ojos de los que no quieren ver y entender la realidad.
“Porque el corazón de este pueblo se ha engrosado, Y con los oídos oyen pesadamente, y han cerrado sus ojos: Para que no vean con los ojos, y oigan con los oídos, y con el corazón entiendan, y se conviertan, y yo los sane”. (Mt 13, 15) 

Miedo a sanar. Si esto es palabra de Dios, ¿lo vamos a dudar? ¿Con qué razones?
Querer quitar la paja del ojo ajeno y no quitar la viga del mío. La paja en mi ojo es una viga porque es mi problema, el obstáculo que enturbia mi vida. La paja en el ojo del otro es cosa de su vida, no de la mía. Estos dos casos forman el gran atasco, el gran conflicto que nos mantiene inmóviles, anclados y maniatados.
Pero aun hay más, y éstas son las cosas del “yo” individualista, egoísta, y lleno de vicios que forman en mi vida como una red que me inmoviliza, enreda y confunde.

¿Cómo actúa una parábola?
Es como una semilla. La transformación de una semilla es lo más prodigioso que pueda imaginarse. Una semilla encierra en sí misma el principio de la vida. Las fases de desarrollo y el espectáculo final son realmente maravillosos. El espectáculo que nos regala la Naturaleza en primavera no tiene parangón. Y todo ha salido de pequeñas semillitas que quedaron esparcidas aleatoriamente, ayudadas por el viento o transporte animal, y en última instancia la lluvia se encarga de producir el prodigio. Y si la grandiosidad del espectáculo de la Madre Naturaleza, en su parte floral y fructuosa es maravillosa, no digamos lo que concierne a la vida animal, y la vida del hombre como máxima culminación de la Creación. Podríamos preguntar ¿hay quien dé más?
La palabra es la semilla. (Mc 4, 14) Toda palabra de Dios es parecida a una semilla,   sólo que la transformación se produce en el corazón de las personas. Pero ésta, aparte del prodigio similar al de la floración de la semilla, —alegría, éxtasis, regocijo, perpetuación de la especie, etc.,—  hace una cosa más, y es que el corazón que experimenta esa transformación de la palabra dentro de sí, sabe que la palabra le está identificando a él, no a otra persona, y que le está mostrando una parte de su vida, —cada palabra muestra una parte de la vida personal—.
Pero, lo mismo que una semilla necesita enterrarse en tierra para producir las maravillas de la vida, a la palabra hemos de acogerla, dejarla entrar a nuestro corazón: “escuchar la palabra y guardarla en el corazón”. Dicho de forma más pedagógica, reflexionar sobre la palabra recibida para descubrir su contenido, que de ninguna forma es lo que dice a primera vista o primera impresión.
 Por ejemplo: Casi todo el mundo que se convierte, en poco tiempo se siente identificado/a con el Hijo Pródigo (Lc 15,11): “ese soy yo”, decimos. Más adelante, en el tiempo, llegará también a identificarse con el Hermano Mayor, aunque éste encierra un misterio más profundo, pero de gran alcance y validez. Porque, naturalmente, con haber llegado a encontrarse con el Padre, no está todo hecho: “Hasta aquí he llegado, esta es la meta, y… ¡a vivir!”. No; la vida es un camino largo y lleno de dificultades, enseñanzas y otras peripecias y manifestaciones, y dura hasta el final de nuestros días. Encontrarse con el Padre significa otra nueva forma de vivir, de entender el misterio de la vida y las relaciones con todo lo creado, especialmente con el resto de congéneres. Y seguimos viviendo la vida aquí en nuestro planeta tierra, porque este planeta, nuestro planeta, necesita, y mucho, esa nueva forma de entender la vida y vivirla para bien de toda la Creación.
Dios creó, construyó, dio vida, y puso al hombre al frente de todo, como administrador digno y fiel ante todo y ante todos y para todos. Algo falló en la cabecita del hombre y parece que todo lo entendió al revés. Y esa es la lucha: entender en qué hemos fallado y retomar la iniciativa primaria. Esa será la germinación de la palabra como semilla. Esto nos llevará a una prodigiosa primavera.

Difícil solución, pero…

sábado, 16 de abril de 2016

LA VERDADERA LIBERTAD
Ocurre una cosa sorprendente. Bueno, en el ser humano todo es sorprendente e increíble.
La libertad que tiene, la toma como si la hubiese creado él. Olvida olímpicamente y con total desprecio a Aquel que se la ha regalado: ¡Pues vaya una libertad; si todo está prohibido o es pecado hacerlo! Pero hombre, pero mujer, encima que velan por todos nosotros, algunos lo despreciáis, lo rechazáis, lo criticáis. ¡Claro; no entendéis!, ese es el problema.
                Los Mandamientos de Moisés son una alerta de peligro, no una prohibición. Dicen: No Hacer esto, aquello, eso otro…,  no dice que esté prohibido: ‘Prohibido mentir’. No; dice “No mentirás”, “No adulterarás”, “No te apropiarás de lo ajeno”, “No matarás”…
Me está diciendo a mí, que si hago esas cosas, también otros pueden hacer lo mismo conmigo o en contra mía, que así es. De modo que ¿qué es?, ¿prohibición, sometimiento, restricción, carga psicológica, imposición autoritaria? Hay quien dice: “Es que Dios no nos deja ni movernos”. ¡Vamos, por favor!, a ver si nos centramos un poco.
Cuando Caín mata a su hermano Abel, está asustado porque: “Ahora, cualquiera que me encuentre me puede matar a mi”.  (Gn 4, 14) A éste sí le han funcionado las meninges. No siente arrepentimiento, sino algo peor, MIEDO. Y si vamos acumulando miedos, que es lo que hacemos normalmente, así llegamos a donde estamos: Inseguridad total, falta absoluta de paz, falta de amistad, falta de entendimiento, etc. etc.
Hay quien piensa: “¡Qué bien está eso de romper las reglas y disfrutar del amor prohibido!” Si, puede que esté bien, pero ya veremos cuando lo hagan contra ti como te sienta.
“Engañar y mentir y falsear” puede estar muy bien para un Ego un tanto excéntrico, pero casi seguro que también a él se lo harán.  Luego decimos: ¡Cómo está el mundo! ¡Esto es insoportable! ¡Esto es un asco! Solo hay maldad y mentiras en la gente.
¿Y quién lo ha puesto así, Dios y sus Mandamientos, o el ser humano que frenéticamente busca conculcar esos mandamientos?
Así, lo que está para facilitar la vida, como advertencia del mal donde podemos caer, se convierte en el mayor infierno que podamos conocer. Y, desde luego, no es Dios el responsable. Dios lo ha hecho, igual que todo lo demás, para que nuestra vida transcurra en paz y armonía. 
¿Permitiría el hombre que los robots que diseña y construye pudiesen pensar por su cuenta, actuar por su cuenta y contravenir sus expectativas y proyectos? NO CREO. Pues Dios sí que lo permite. Pero eso se llama libertad, no represión, ni atadura, ni imposición autoritaria…
Pero el hombre sí que actúa así con sus ‘criaturas electrónicas’, porque si le falla la máquina, por muy inteligente que sea, le puede destruir a él mismo.

La Grandiosidad de Dios está en que ése ser libre, que puede pisotear los Mandamientos y mofarse de todas sus recomendaciones, puede, en su libre albedrío y voluntad propia, ver la que está ‘montando’ (la que ya han montado otros y continuamos) y encaminarse hacia el Padre, porque en él está la paz, la concordia y la felicidad. Volvemos, una vez más, al “Hijo Pródigo” de Lucas 15. Este relato, con ser un cuento, resulta que tiene unos personajes que encajan perfectamente en cualquier alma humana. Ahí está la verdadera libertad: volver a Dios por propia iniciativa. Soy libre para alejarme, para hacer el mal, y soy libre para dirigirme a Dios y rogarle que me perdone por mi vida pasada. Me parece que esta libertad sobrepasa, con mucho, las expectativas que pueda tener el hombre sobre el tema libertad. 

lunes, 11 de abril de 2016

El  Evangelio no es historia
Los evangelios no son la historia de Jesús. Ni ninguna otra historia.
La Iglesia Católica, basada y guiada por la Tradición Apostólica, ha catalogado cuatro evangelios, entre varios más, por ser los más publicados, testimoniados e inspirados. Inspiración - tradición – transmisión y, por supuesto, un profundo estudio del sentido y alcance evangélico de los escritos.
El Evangelio o los Evangelios, han sido escritos por cuatro evangelistas, indistintamente, y en fechas y lugares distintos. Son cuatro los Evangelios: según San Mateo, según San Marcos, según San Lucas y según San Juan. De ahí que se pueda decir “el Evangelio” o “los Evangelios”.
Generalmente se presentan juntos en un solo libro, pero también se presentan por separado, cada libro por su autor.

Pues, si no son historia, ¿qué es o qué son? Evangelio quiere decir Buena Nueva o Buena Noticia. La buena noticia es el contenido de la predicación de Jesús. Jesús es la Revelación del Padre, y eso es lo que hay escrito en el Evangelio. En el Nuevo Testamento, la predicación de Jesús nos muestra todo lo que El Padre tenía que decir a los hombres.
 Aunque los evangelios hablan de la vida de Jesús, no lo hacen como historia, sino como predicación del reino de Dios, de la verdad que procede del Padre, y enseñanza del amor y del perdón.  

Bien; por ejemplo, el hecho de ser torturado y morir en una cruz, aunque, evidentemente está recogido en la historia, es más un testimonio directo y verdadero de su mensaje, que un hecho de la historia. Interesa mucho más el motivo por el que se entregó, que el hecho en sí: Un crucificado más de los muchos que ejecutaban los romanos. Pero, además está el hecho, testimoniado por sus discípulos y muchas más personas, de la resurrección; esto ya se sale de la historia. Es decir, la historia no puede transcribir esto porque pertenece al Más Allá; esto es algo fuera de lo común en esta vida, y resulta increíble sin la fe.

Así pues, el Evangelio anuncia otra cosa; anuncia la buena noticia de que somos hijos de Dios y herederos del reino, no simples mortales que hoy somos y mañana no somos nada, ni un simple recuerdo. Y lo hace de una manera, que de no ser por la fe, nadie se daría por enterado.
Es decir, que el libro, o los libros tienen en sí mismos la garantía absoluta de que serán comprendidos por personas de fe y solo por éstas. Cualquiera otra persona que intente curiosear y manipular los mensajes evangélicos, no entenderá más allá de lo que dice la letra; o sea “al pie de la letra”. Con esto no se podrá hacer daño alguno a la verdad de Dios.

Jesús dice: “El que hable en mi nombre, el que actúe en mi nombre, ese no podrá luego hablar mal de mí. No se lo prohibáis”. (Mc 9, 39) Este es uno de esos personajes que ha recibido el don de la fe, y entiende las escrituras.
Dicho sea de paso, la fe es un don que da Dios; no es algo que se adquiera por estudio, comportamiento, por dedicación al culto, por méritos propios, etc. O sea, no lo ganamos nosotros, sino que es Dios el que otorga este don.

El Evangelio alguna vez comienza un pasaje o mensaje evangélico diciendo: “En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos”. Esto parece que inhibe de responsabilidad a cualquiera que lo lea o lo escuche, pues “se lo decía” a sus discípulos “en aquel tiempo”. Pero, resulta que discípulo-a es toda persona que sigue a Jesús, no sólo el que le seguía en aquel tiempo en que anduvo Jesús por este mundo; de modo que esa forma de hablar es para todos los discípulos de todos los tiempos. Así pues, debe entenderse como es: “Jesús dice a sus discípulos, en este momento y en cualquier tiempo”.

¿Qué tendría que ver un discípulo actual, con el centurión romano del Evangelio de Lucas 7?
Este hombre, militar romano,  invasor y opresor del pueblo judío, va en busca de Jesús (un judío) porque ha oído hablar de sus milagros y curaciones, y le pide que cure a su sirviente. Primeramente envió a unos ancianos a que le comunicasen a Jesús la gravedad de su sirviente, y si podía ir a verle. Jesús fue, pero antes de llegar a la casa, el centurión le envió a unos amigos a decirle: “No soy digno de que entres bajo mi techo, por lo que ni aun me tuve por digno de venir a ti. Solo con que digas una palabra, mi siervo será sano. Porque yo también tengo hombres bajo mi mando y hacen lo que les ordeno.”   (Lc 7, 7-8)  Jesús quedó maravillado con la fe de aquel centurión romano que dice: “Yo ordeno a mis hombres y me obedecen; por la misma razón sé que tu puedes ordenar a las fuerzas sobrenaturales y te obedecerán. Mi criado puede ser sanado sin necesidad de que entres bajo mi techo”.
Fe y humildad. Lo que más sorprende en este personaje es la humildad; estamos ante un guerrero invasor, de creencias en dioses paganos, es decir idólatra, frente a un miembro del pueblo invadido y vencido, y muestra una humildad que ¡ya quisiéramos algunos para nosotros que creemos en el Dios único!

En la Parábola del Hijo Pródigo, de Lucas 15, cuando habla del hermano mayor del hijo pródigo, nos encontramos con un personaje que no se parece en nada, sino todo lo contrario, a este centurión romano. Este “hermano mayor” cree tener todos los derechos, ya que los ha ido adquiriendo a lo largo de años ¿de servicio?: “Hace tantos años que te sirvo, y nunca me has dado ni un cabrito para celebrarlo con mis amigos, y llega ese hijo tuyo, que ha despilfarrado sus bienes con rameras, y le matas el ternero cebado.” Y el padre contesta: “Hijo, tu siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo.”   (Lc 15,29) Y digo yo, ¿entonces de que se queja? Si no se ha comido un cabrito, o dos o diez, es porque no está seguro de si tiene o no autorización. Según el padre sí la tiene: “todo lo mío es tuyo”. Al padre sólo le faltó decir: ‘si no lo tomas es porque no te atreves; no te sientes muy seguro’. Este hermano mayor es un personaje que hay que estudiar muy de cerca y muy a fondo.
En esta parábola, todo converso, (no hablo del que ha estado desde niño del lado del Señor), se identifica rápidamente y fácilmente con el hijo menor: Vivir uno la vida a su antojo; cuando llegan las dificultades fuertes se acuerda de que en casa de su padre hasta los jornaleros tienen pan, y así, arrepentido por su mala vida, decide ir a casa del padre, pedirle perdón y poner a sus pies la humildad que merece: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, no soy digno de  llamarme hijo tuyo; hazme como a uno de tus jornaleros”. Y al padre todo le parece poco para festejar la vuelta de su hijo, que estaba perdido y había sido hallado; estaba muerto y había vuelto a la vida.
Bien; en esta parábola hay tres personajes; al que vemos más claramente y entendemos, nada más llegar, es al ‘niño’ despilfarrador y mujeriego que se arrepiente. Se arrepiente porque ve en el mundo injusticias, que en casa de su padre no existen; esto lo recuerda bien.
El segundo, el hijo que ‘siempre ha estado en casa’; pero que no se ha enterado nunca cual es su verdadera situación, su verdadera función en la vida, su auténtica y correspondiente relación con el padre. A este personaje apenas si le dedicamos atención y casi ni nos fijamos en él. Le vemos en la parábola como si estuviera de relleno para realzar la narración. Y tiene mucha importancia; tanta, que el hijo pequeño, una vez que se acomoda a estar en casa del padre, tiene tendencias muy fuertes, con el paso del tiempo, a convertirse en lo que es ahora el ‘hermano mayor’. Existe esa fuerte tendencia. Bien; pues esta parábola nos invita a escudriñar a ese hermano mayor, y ver si tenemos algo en común con él. La verdad es que no estamos muy lejos de él.
Y por último, el personaje fundamental, el padre, al que debemos ver en toda su extensión y cualidades, comprender sus atenciones, su alegría y su gran amor. A éste tampoco le dedicamos mucha atención. Como es el padre, el dueño de la hacienda, la cabeza visible y más importante de la casa, el que lleva las riendas de la casa y la hacienda…, no se nos ocurre pensar que es al que tenemos que imitar sobretodo.
Es muy conveniente que leáis esta parábola de Lucas 15, para comprender mejor lo que estoy diciendo.
Como he dicho, es muy fácil y entendemos muy bien la vuelta a la casa del padre, cuando hemos estado descarriados tanto tiempo.
No es tan fácil entender al hermano mayor. ¿Qué le pasa a éste que no se alegra con la vuelta de su hermano pequeño? Se enfada, no quiere entrar en la casa, no quiere participar del alborozo que ha causado la llegada del hijo menor; tiene que salir el padre para aliviarle y hacerle entrar en razón… Pues, le pasa que en amor tiene un suspenso; pero un sobresaliente en soberbia, en animadversión, envidia y furia rabiosa hacia el hermano, y hacia el padre, que trata al ‘degenerado’ de su hermano ‘mejor’ que a él mismo… 
Bueno al “hermano mayor” no hay que imitarle, pero sí contrastar con él por si andamos por los mismos derroteros.
                Al tercer personaje es al que hay que imitar en todo. Lo que pasa es que, como ya intuimos que se trata de Dios, pues, nos produce reparo, cortedad: “Dios está muy elevado para intentar  imitarle”. Pues, hay que refrescar la memoria: “Estamos hechos a imagen y semejanza de Dios” (Gn 1, 26) Y esto: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48) Y esto otro: “Para que todos sean uno en nosotros; como tú Padre en mí, y yo en ti”. (Jn 17, 21) De manera que no incurrimos en ninguna pretensión excesiva sino perfectamente natural; es de cajón, podríamos decir.

¿Qué son las parábolas?
Esta pregunta se le ocurre a mucha gente.
Las parábolas son un género literario, parecido a las fábulas, que transmiten una enseñanza de una manera sencilla. Jesús las emplea a menudo. Las fábulas utilizan animales como protagonistas de la enseñanza que se quiere transmitir; las parábolas utilizan seres humanos, (no siempre: el grano de mostaza, la levadura, p. e. y otras), pero, al igual que las fábulas, desarrollando una historia parecida a la enseñanza que se pretende transmitir. Pero, además ejerce un influjo especial sobre las personas que tienen fe. Este influjo es que una persona de fe se siente reflejada, como si de ella se tratara, en la situación que escenifica la parábola. Esto da como resultado lo que Jesús dice en Mateo 13, 13:
“Les hablo en parábolas porque viendo no ven, y oyendo no oyen, ni entienden”. Y ante esto uno se preguntará: ¿Entonces para qué les habla, si no oyen, ni ven, ni entienden?  “Pero bienaventurados vuestros ojos, porque ven; y vuestros oídos, porque oyen.” (Mt 13, 16) “Porque a vosotros os es dado saber los misterios del reino de los cielos; mas a ellos no”. (Mt 13, 11)  “A sus discípulos, en privado, les explicaba el sentido de las parábolas”. (Mc 4, 34)   
Pues, queda bien claro. Las personas de fe pueden entender los misterios del reino; las que no, se quedan como si no oyeran, ni vieran; porque no entienden. Y no entienden porque están en otra cosa, otra dimensión, otra onda, o lo que sea. La persona que está interesada de verdad, ésa entiende; mejor dicho, llega a entender, pues el entendimiento no se abre de inmediato, ni de golpe, sino que, en líneas generales, se va comprendiendo poco a poco.

“El reino de los cielos es semejante al grano de mostaza que se siembra en el campo. Es una de las semillas más pequeñas que existen; pero cuando ha crecido, es la mayor de las hortalizas, y se hace un árbol, de tal manera que las aves del cielo vienen a posarse y hacen sus nidos en él”. (Mt 13, 31-32).

jueves, 7 de abril de 2016

¿Y qué hacer con el Ego?

Ante los problemas de la humanidad, ¿qué medidas se pueden tomar? ¿Dónde está o cual es la solución?
Rezar, es bueno y necesario, pero, no para pedir a Dios que solucione el problema creado en el mundo. El problema es de los hombres; lo hemos creado los hombres, lo mantenemos los hombres y somos los hombres los que debemos solucionarlo. Es infructuoso que busquemos la omnipotencia de Dios para que arregle nuestros desmanes. Dios se mantiene al margen en un asunto que es de nuestra absoluta competencia. Pero nos lo está diciendo constantemente en las Escrituras y por medio de su Iglesia: “arrepentíos”, “obrad el bien”, “amad”, “perdonad”...
La bola de maldad se ha hecho gigantesca, tanto que nos asusta y no sabemos cómo ni por dónde meterle mano, ‘ni sabemos si tendrá solución’. Quizás sea tan fácil como el huevo de Colón, pero… ¡ahí está el ‘cacao’! ¡A ver quién da con ello!
Lo realmente asombroso y desconcertante es que la solución está dada, sabemos cual es y lo que debemos hacer, ¡pero no queremos! ¡Es de las pocas cosas que dejamos para los demás!: ¡Que empiecen ellos! Yo… seguiré después, (que tampoco es cierto). Y es aquí donde se esconde el mayor fracaso de la historia, el mayor enredo del hombre, la mayor incapacidad de acción, similar a una parálisis. He de empezar por mí. ¿No lo quiero todo para mí; Yo, Yo, Yo… Mío, para mí”? Pues, esto de corregirme y cambiarme es lo primero que es mío y para mí. Y en esto no hay miedo a pecar de egoísmo.
            Una cosa que hacemos con mucha vehemencia es culpar a los demás: políticos, dirigentes, magnates, industriales, expoliadores, explotadores…, pero  esto no   soluciona nada, entre otras cosas, porque ellos a su vez culpan a los acusadores. Y no estamos para buscar culpables ni para despejar responsabilidades, sino para que surjan auténticos autocríticos que vean el verdadero problema, y el ejemplo se extienda a la sociedad entera.
            Culpables, salvo raras excepciones, somos todos; se salvan muy pocos,  demasiados pocos, (de momento los bebés). Pues, si culpables somos todos, cada cual debe, por sí mismo/a, enterrar al “yo”, ya que éste es el verdadero responsable de todo.
 El problema lo causan muchos… pero yo también. Luego la cuestión se simplifica enormemente: soy yo el que debo dejar de verter mi propio mal en la sociedad. Pero aquí vuelvo a enrocarme: ¿y qué gano yo cambiando, si los demás no lo hacen? No se trata de ganar o perder, sino que en este asunto solo yo tengo potestad y autoridad para actuar dentro de mí mismo, ni una pizca en los demás, ni, por supuesto, los demás en mí. Y no puedo esperar a que los otros empiecen, porque lo mío podría quedarse sin hacer.
Está muy claro que mi cometido debe ser ese, no que otros vengan a hacerme mi trabajo. Nadie vive por mí, ni respira por mí, ni ama por mí, ni siente por mí... así pues, soy el único responsable de mis actos, y el único que puede corregirlos. Los demás no pueden entrar en mí y maniobrar para cambiarme.
Pero yo, (mi yo, mi ego) insiste muy resuelto y decidido, ‘lleno de las mejores intenciones y en posesión de las mayores y mejores razones’ —me asisten el juicio, la razón y la verdad— me dispongo con mucha diligencia y voluntad, pero contraviniendo gravemente las recomendaciones del Maestro, a hacer lo que nadie me ha pedido: tratar de arreglar el mundo, interviniendo en la forma de ser de los demás. El Maestro dice: “¿Cómo es que ves la paja en el ojo de tu hermano y no adviertes la viga que hay en el tuyo? (Mt 7, 3)   Pero…, “lo que yo sí veo claramente, es que mi prójimo se fija en la paja de mi ojo y no ve la viga del suyo”. ¿Ves? De cualquier modo ‘la viga está siempre en el ojo del otro’.  
           
            El mal del mundo es como una gigantesca hoguera, donde todos vamos echando material combustible, que son nuestros  errores y defectos, pero queremos apagarlo diciendo a los demás que dejen de echar ‘leña’ al fuego, como si la materia combustible que yo echo no ardiese igual que la de los otros, o fuese una cantidad mínima ‘insignificante’. Somos así…
          
         Creo que conocer la causa de nuestra ‘ceguera’ necesita un estudio más profundo.
El hombre puede someter al hombre, esclavizarle, obligarle a que se arrastre como un reptil…, pero NUNCA JAMAS conseguirá dominar su voluntad. Solo cada cual puede operar en su propia voluntad.
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                     


¿Dónde está el atasco, el agarrotamiento, el inmovilismo hacia el bien?

En el ego. A éste es al que hay que estudiar. Yo hago el mal, como cualquiera, pero me quejo del mal que hay en el mundo; ¿hay alguna postura más surrealista?
Eso se debe a que el mal no lo veo en mí, sino en los demás; y, si acaso, entenderé que si yo hago mal es porque los demás me lo han inculcado, me lo han enseñado, me inducen a ello. ¡Anda! ¿y los demás de dónde lo han aprendido? Ese es el verdadero problema, que veo el mal ajeno y no veo el propio, y si llego a ver en mí parte de ese mal, digo:‘es culpa de los demás’. Pero, además, con una agravante: el mal ajeno lo veo aumentado, y solo y exclusivamente bajo mi criterio; criterio deformado y objetivado  por el egoísmo que me domina.
Aquí se da un entendimiento muy interesante: el mal está en boca y acción de todos, pero ninguno se hace responsable de ser practicante y propagador. Es decir, el mal que yo tengo dentro de mi, es responsabilidad de… ¿quién: mi vecino, mi amigo tal, mi compañero, el del bar de la esquina…? “Yo soy bueno, pero el mundo me hace malo”.
Evidentemente, ‘si yo no hubiese nacido no sería ni bueno ni malo’.
Solo hay un maestro de la verdad; ¿no será más fácil escuchar a uno verdadero que a infinidad de falsos maestros? “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6) Si somos cristianos ¿a qué esperamos? ¿Esperamos a otro que nos diga una verdad mayor? No; lo que nos dicen son mentiras que nos hacen dudar de la Verdad.


De todas maneras queda sin resolver la cuestión: ¿Por qué veo las faltas y defectos de los demás, y no reparo en los míos?
Hacer entrar en razón al Ego es sumamente difícil. Primero: Se ha creado a sí mismo, según sus propias razones o manera de interpretar la lógica de los acontecimientos. Segundo: Es un ser del mundo físico, alimentado por la percepción de los sentidos físicos o percepción sensual. Tercero: no puede comprender a Dios, precisamente porque es un ser terrenal que solo puede entender los mensajes de los sentidos. Cuarto: sigue las leyes que crea él mismo, ni siquiera sigue las leyes de la naturaleza, como hacen los animales. Quinto: se arroga todos los derechos y razones que no concede a los demás. Y aun podemos enumerar más artículos.

¿Entonces, quién le hace al Sr. “Yo” entrar en razones?
Solo hay una cosa capaz de hacerle reflexionar. Y le entra por un sentido conocido, no por ningún lugar especial. Esto es la palabra de Dios. Es por esto que en el Evangelio reza: “una palabra tuya, Señor, servirá para sanarme”. (Mt 8, 8) Aunque la dijera un centurión romano, nos vale a todos.
Palabras  escucharemos millones y millones de millones, pero ninguna nos modificará, ni  ‘tocará’ al ego en lo más mínimo, si no estamos receptivos en ese momento, que no siempre lo estamos. Necesitamos la fe; ésta debemos pedirla porque es Dios quien la concede. Entonces el oído es el sentido que escucha, y la fe, en nuestro corazón, quien entiende y asimila.
¿Entonces quién es el Ego? Pues, es nuestro “yo”, es una personalidad mundana creada por nuestra mente ‘pensante’ y ‘obrante’. Mundano quiere decir perteneciente al mundo sensorial. El Reino de Dios pertenece al mundo del Espíritu. Esto a nuestro Ego… “ni fu ni fa”. Pero cuando la mente se entera de que eso del Espíritu no es una quimera sino una realidad, empieza a quitarle protagonismo al Ego, hasta llegar incluso a hacerle desaparecer. En lugar del “yo” mundano, queda el auténtico ser creado a imagen y semejanza de Dios. Es, sobre todo, un gran salto en la evolución humana; es como dejar el estado animal para convertirse en humano o ciudadano del Reino; es pasar a ser hijo de Dios. “El reino de Dios está dentro de vosotros” (Lc 17,21) El reino de la verdad, del bien, de la justicia, del orden, de la paz… En oposición tenemos el reino de nuestro Ego. ¡Y qué oposición! No la hay mejor en todo el mundo. Por eso es tan difícil salir de ese mundo.

La palabra de Dios nos sanará, nos salvará. Pero lo que hacemos demasiadas veces es que la tergiversamos, la trastocamos, la confundimos, la desvirtuamos, la recitamos como lo haría una máquina parlante o robot.
Veamos; si cogemos una semilla, la que sea, y recitamos todas las maravillas que en ella se encierran, la semilla seguirá inactiva, inalterable, como muerta. Pero si la introducimos en la tierra y la regamos, germinará y se harán realidad todas esas maravillas que conocemos de ella, ¡sin necesidad de recitárselas! Aparecerán de forma milagrosa: Una plantita, que se irá desarrollando poco a poco hasta la madurez, echará flores, de infinitos colores según la infinidad y variedad de plantas; será una mata de hierba, un arbusto, un árbol… Después de la floración, y a veces sin ella, dará frutos, cada cual según su especie, que servirán para alimentar a los seres vivos. Frutos, riquísimos algunos, que regalarán nuestro paladar y el de otros animales, aparte de servirnos de alimento. Todo un mundo, fascinante y maravilloso, que se nos da gratuitamente y sin condicionantes de ningún tipo: Es uno más de los infinitos regalos de la Madre Naturaleza.

La palabra de Dios es similar a la semilla: No se activa por repetirla, sino por plantarla en nuestro corazón y meditarla, reflexionar sobre ella. Así hacía la Virgen María, madre de Cristo y madre nuestra: “Lo guardaba todo en su corazón y lo meditaba”. 

martes, 5 de abril de 2016

El amor

El amor 

            Definir el amor es un tanto complicado y delicado, pero, ¡voy a intentarlo!
            Si alguien pregunta qué es, cómo es, para qué sirve o el porqué del amor, es como si preguntara para qué sirve, qué hace o qué valor tiene la luz.  El ser humano, por ejemplo, sin luz no existiría, ni existirían los animales que conocemos, ni los vegetales; prácticamente no existiría nada con vida. Pues, el amor tiene una gran similitud con la luz, sobre todo en los aspectos de ser creador de vida y mantenedor de la misma. Lo primero que hizo Dios fue la luz, y después la vida y por último hizo al hombre.
El amor es un atributo o potestad de Dios. No es un sentimiento simplemente, sino fuente de sentimientos, emociones y vocaciones. El amor no está en las capacidades del hombre como una potencia más de la mente y sus conocimientos. Este atributo que Dios nos da, es para que gocemos con él y por medio de él podamos ser felices. Está alojado en el corazón, no en el cerebro.
El cerebro no es capaz de amar. El cerebro es capaz de realizar maravillas tecnológicas, avances tecnológicos y descubrimientos científicos e inventos de todo tipo, pero no es capaz de amar. Eso no es lo suyo. Lo suyo son las ciencias, las matemáticas, los inventos, el cálculo, la previsión, la estrategia, la astucia, pero no el amor. Pero si atiende a las razones del corazón, puede entender el amor. El amor es otra cosa distinta al cálculo mental. El amor no atiende a razones científicas; escapa a la racionalidad. Y este es el gran problema del hombre: se ha avanzado mucho en las ciencias, tecnologías e inventos, y en el amor, de un modo general y persistente, nos hemos quedado estancados en los tiempos de Adán; aunque hay excepciones, naturalmente.
Dios nos ha dado la mente inteligente, claro está, pero también nos ha dotado del atributo amor o capacidad  de amar. Yo creo que es de pura lógica, y de esto sí entendemos, que aprendamos a compaginar ambas cosas; esto nos reportaría gran ganancia. Porque en el cerebro también hay una parte que atiende a las razones que no son intrínsecamente físicas. Esto es la inteligencia emocional, que puede ser entendida y comprendida igual que la inteligencia científica. Lo que ocurre es que estamos volcados enteramente hacia lo material, hacia lo contante y sonante; lo espiritual... como que no interesa mucho.
Si el hombre pusiera amor en una parte importante de lo que hace, no tendríamos un mundo tan putrefacto y abominable como el que tenemos.
No nos equivoquemos más, no cometamos más errores por falta de entendimiento; al mundo sólo lo arregla el amor. Pero, ¡cuidado!, empezando por uno mismo, no esperando, como hacemos con otras cosas, que sean los demás los que den el primer paso.
Pero no; la mente, que es quien domina la situación, sólo busca el dinero, el dominio, la supremacía, el poder, el gozo de los sentidos… ¿el bienestar también??? Aquí la mente se pierde, porque no sabe que el bienestar sólo está donde el amor está presente. —Amor tenemos todos, pero arrinconado, taponado, como si no existiera—. El bienestar equilibrado, duradero, pacífico, sosegado, no el bienestar inestable y peligroso que da el poder y el dinero. Y esto es así de peligroso y efímero, porque ese bienestar inestable y al borde del peligro está basado en la injusticia, el abuso, el sometimiento del ser humano, la manipulación, la expoliación del planeta, la ignominia, la opresión, la mentira… y más, y mucho más.
Falta amor y sobra egoísmo. Que también puede decirse de esta otra manera:  falta corazón y sobra cerebro (mentalidad científica). No que sobre cerebro, sino que el desequilibrio entre lo científico y lo emocional no sea tan grande. Todo el esfuerzo se centra en hacer del hombre un androide: muy conocedor de las ciencias pero sin sentimientos humanos.  
Jesús de Nazaret, el hijo unigénito de Dios, es puro amor, y no es otra cosa, y esto es lo que de verdad importa y debe prevalecer sobre las ciencias. Seamos científicos, vale, pero con corazón. Pero, ponemos mucho afán en que nuestros hijos, desde una edad muy temprana, entiendan los conocimientos de las ciencias,   y nos olvidamos de enseñarles y formarles en el amor: amistad, respeto a los demás, benevolencia, que el mundo no es sólo mío, y tantas vocaciones que salen del amor. Se pueden y se deben compaginar las ciencias y las percepciones del corazón. ¿Será peor profesional, en la rama que sea, si tiene buen corazón? No, sino todo lo contrario. Pero, ¡claro!, al bueno se le considera tonto y el malo arrasa a los que tienen corazón compasivo. ‘Hay que ser de los agresivos, de los que pisotean la dignidad humana, éstos son los que vencen y prosperan’. Sí, pero el mundo que crean no lo quieren ni ellos mismos; y, naturalmente, no saben por qué.                  

El amor es al alma humana lo que la luz al mundo físico.
La luz es lo más importante para la vida en el planeta. En la luz nos percibimos unos a otros y a todo cuanto nos rodea. En el amor nos buscamos, nos necesitamos, damos de lo que tenemos, lo que somos: compartimos. El amor, en los seres evolucionados, es quien da sentido a sus vidas y proporciona el gozo y la razón de vivir. Puede parecer que hay otras razones para aferrarse a la vida, pero no son auténticas ni duraderas ni fiables; son espejismos.
Empieza en Génesis, cuando Dios hace al hombre, y después dice: “No es bueno que el hombre esté solo, hagámosle una compañera…” (Gén 2, 7 y 18) (Compañera con la que compartir la vida y todas sus experiencias y emociones. Se  comparte en el amor).

El amor es Unidad:
 “Para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tu me enviaste”
“Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado.  (Jn 17:21-23)
El amor es el mayor Mandamiento:
  “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente”. (Mt 22, 37) ¿Y cómo podemos amar a Dios? En la primera carta de Juan lo dice muy claro: Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?” (1 Jn 4, 20)
“Un sólo mandamiento os dejo: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que quien da la vida por los amigos”. “Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que os mando”. (Jn 15:12-14)

El amor de Dios es el móvil fundamental de todo lo creado:  
« Amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que hiciste, porque, si algo odiaras, no lo habrías creado » (Sb 11,24).



Del amor derivan otras muchas virtudes:
Compasión, amabilidad, amistad, disposición y ayuda incondicional, clemencia, buena voluntad, simpatía, empatía, espíritu de sacrificio, caridad, entrega: incluso a la muerte, como demuestra Cristo.
El amor nos pide y anima a compartir, no solo bienes que cubran necesidades humanas, sino sentimientos como alegrías, penas, necesidades psíquicas, espirituales, etc. ¿Y quién necesita penas? Nadie, creo, pero al que las tiene le viene bien compartirlas. Si compartir es repartir, pues, viene de maravilla que alguien se preocupe de nuestras penas para aliviarnos la carga.
Pero, la falta de amor da como resultado actitudes, deseos e intenciones menos recomendables: Odio, envidia, animadversión, malos deseos contra el prójimo, contra la naturaleza, deseos de venganza,  difamaciones, calumnias, codicia, vanidad, despecho…, y por encima de todo, el imperio de la mentira y el egoísmo.
La principal función del amor es darse, entregarse y compartir.
Este es el objetivo primordial en la vida del ser humano, en su bagaje, en sus usos y costumbres; de aquí recibe su plenitud y satisfacción o gozo. Es lo contrario al egoísmo. No tenemos amor para que nos den más, para que nos cuiden, nos mimen, nos tengan en “pedestal”, nos consideren, nos den importancia… no; es justo a la inversa. Esto es lo que hace Dios con nosotros, sus criaturas, y espera que lo aprendamos y le imitemos. El gozo está en entregarse y compartir lo que somos, lo que tenemos, no en recibir. Al movernos en el amor con estas actitudes, al usarle de esta manera, ya recibimos la recompensa: el gozo que da amar.
Dios, enamorado y entregado a su criatura.  Esto  es algo que no cabe en nuestra mente material y mundana. Esto demuestra que el Amor necesita ejercerse, aplicarse, derramarse sobre todas las cosas y sobre los seres vivos especialmente; en una palabra, necesita ‘fluir’. Por eso Dios hace la Creación y, dentro de ella, pone al hombre como culminación muy especial: un ser viviente con quien compartir su amor. ¡Amor de Dios! Esto es grandioso.
Nosotros amamos porque Dios nos amó primero. (1 Jn 4, 19) O sea, que Dios compartió su amor con nosotros, nos hizo partícipes y depositarios de esa potestad suya.
El amor, según algunos entendidos, es el mayor poder de la creación. Es la fuerza que empuja, anima y sostiene la vida. El amor mueve el mundo, lo modela y lo integra. Es la vivencia que da sentido pleno y genuino a nuestras vidas. Sin amor no podríamos vivir. Cierto que hay mucha maldad, pero también hay mucho amor, de lo contrario no sería posible la existencia.
En la luz nos percibimos y, gracias al amor, nos regocijamos de este encuentro.
Fijémonos en una pareja de pajarillos, entregados febrilmente, hasta el agotamiento si la cosa está difícil, en llevar alimento a sus crías en el nido. ¿Qué les empuja a hacer esto? Esto es entrega, esto es amor. Y no van a recibir nada a cambio, pues sus crías, en cuanto puedan volar, se irán del nido y vivirán sus vidas independientemente de sus progenitores. Y… ¡hasta la siguiente cría! Ya veis; cosas del amor. Pero son cosas que motivan, que dan razón y objetividad a la vida misma. Y la vida se goza y se justifica con esa entrega, dando sentido a la existencia. Bueno, ya está dicho, el amor es darse, entregarse, compartir. La vida  tiene su origen en el amor, como vemos en Génesis. Así pues, todo resuelto. No hay misterios ocultos. Pero además, el amor tiene un campo de acción y emociones muy amplio.
Mas lo primordial es sentirlo, no teorizar sobre él. Cuando no sientes algo por ti mismo/a, no lo conoces, y lo que no se conoce se ignora, y si se ignora se pierden sus influencias benefactoras.